Neomexistencia

“Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse revelado, no serán conscientes. Ese es el problema”. – George Orwell.

La adaptación ha sido por muchos años una de las más grandes virtudes del ser humano; capaz de vivir a nivel del mar, a miles de kilómetros de altura, en desiertos y montañas, pequeñas islas, selvas remotas, pueblos rurales y enormes ciudades.

Adaptarse también es un requisito social en el que cada persona, para ser reconocida como ciudadano debe pagar impuestos, estudiar una carrera, creer en un dios, formar una familia, trabajar para tener dinero, usar ese dinero para consumir y medir el nivel de existencia de acuerdo a lo que individualmente se es capaz de poseer. Por cientos de años ese ha sido el objetivo del hombre y quienes han tratado de salir de esa línea se han convertido en mártires y rebeldes que toman un largo paso que los extingue del presente para convertirlos en el cambio del futuro.

Friederich Nietzche declaraba que sus escritos no eran para el pensamiento de su tiempo, sino para los filósofos del futuro que tomarían sus enseñanzas y las harían suyas. Pues no mucho tiempo después, a principios del siglo XXI, esos filósofos aparecieron en el rostro de los jóvenes que comenzaron a abrir sus propios caminos destruyendo ideales antiguos para darle paso a la razón. Fundaron sus propios principios en el poder de uno mismo y más tarde combinaron esa fuerza con el poder de “compartir”.

Después de los Ataques del 11 de septiembre, millones de personas alrededor del mundo, empezaron a cuestionar severamente la credibilidad de las instituciones sociales, de los gobiernos, los medios de comunicación, las universidades y las estructuras religiosas. El mundo había encontrado un camino a una nueva revolución.

La evolución de la tecnología tenía como objetivo mantener cierto orden y control de las masas. Pero éstas masas se convirtieron en un colectivo creativo que en pocos años se pondría a la altura del sistema que los oprimía y los inadaptados se pusieron al frente de la sociedad imponiendo un nuevo panorama que se ha encargado de abrir los ojos y la mente de quienes los han seguido.

La influencia de las nuevas generaciones se ha concretado gracias al entendimiento de su función como ser humano y al haber tomado como estandarte, ideales emocionales como la fuerza amor, el poder del arte, la renovación de la cultura, el empoderamiento de la colectividad y el optimismo recargado que los ha ayudado a romper estructuras para hacer de la vida una experiencia de trascendencia y reconocimiento instantáneo.

En los últimos tres años, la comunicación fue tomada por los jóvenes para compartir la realidad del mundo, para fundar una generación de guerreros que luchan por la verdad a través de la experimentación, tomando las calles para protestar, saltándose los procesos para ejercer, disminuyendo tiempos, arriesgando todo para obtener todo.

Tras el temblor del 19 de septiembre, México ha protagonizado un despertar mundial; el movimiento de la tierra también movió a la sociedad en la dirección que este gran ser vivo le ha mostrado.

Las manos no sólo se han extendido para ayudar sino para reconstruir y el mundo aplaude el valor de aquellos que decidieron quedarse cuando las alarmas les habían enseñado a huir.

La energía de la gente se alinea con los cambios del planeta, el reconocimiento mundial no es para quienes gobiernan sino para quienes actúan, las imágenes por fin vencieron a las palabras y nuevos verbos se levantan en una visión del futuro que cada día se hace más presente.

El cambio generacional finalmente ha logrado su objetivo y el poder del hombre comienza a fundirse con el poder de la naturaleza, para mostrarnos que detrás de las cortinas de la ignorancia se encuentra una realidad que nos llevará a una dimensión de nuevos comienzos, nuevos aprendizajes y de una espiritualidad humana que se fundará en el nuevo desarrollo de la mente, del cuerpo y del acontecer del propio universo.

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